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  DEPORTES  18 de septiembre de 2020
El accidente más absurdo y un cumple no tan feliz
El deporte de alto riesgo convive con el peligro, pero cuando la desorganización, la improvisación y el desinterés se cobran 2 vidas, ya debemos hablar de desidia. El día que la Fórmula Uno vivió su tragedia más ilógica, relatada desde la perspectiva de un niño de 10 años.
(por Adrián Finola)

El campeonato de F1 del año 1977 no podía ser más prometedor. Jody Scheckter había ganado en Argentina, con el debutante Wolf, mientras que Carlos Reutemann consiguió, en  Brasil, un triunfo aplastante, aventajando a sus seguidores por más de 10 segundos.

Estaban en deuda, todavía, quienes habían sido los protagonistas del torneo anterior, aquellos que habían dejado un recuerdo tan importante que años después sus historias serían de película: James Hunt, el campeón y Niki Lauda su competidor más exigente.

El 5 de marzo era el turno de Sudáfrica. El evento fue tan importante para el país, que se televisó  al mundo más allá del apartheid. Los grandes candidatos no tardaron en mostrar las credenciales y así en la grilla de partida Hunt largaba desde la pole, Reutemann a su lado y algunos metros detrás, Lauda iba a partir buscando adelantar  a su compañero de equipo. Nadie descuidaba lo que podían aportar Wolf, Lotus o Brabham; épocas que en la categoría había varias escuderías potencialmente ganadoras. 

A más de 8000Km de distancia, en Quilmes (Argentina), un niño cumplía 10 años. Fanático de la F1, recibió de regalo varios autitos de competición que pasaron a engrosar su colección. Por supuesto al que consideró más lindo, y quizás también más rápido, lo puso al “manejo” de su piloto favorito: ¿Reutemann?, ¿Lauda?, ¿Hunt? No, un tal Tom Pryce.

Sin los flashes de los fotógrafos, ni la obligación del triunfo, por la mitad de la grilla estaba su Shadow N°16.El piloto galés era, a esa altura de su carrera, algo más que una promesa. Con un manejo mucho más agresivo que su personalidad debajo del auto y con una capacidad para conducir bajo la lluvia como no la tenía otro piloto de la categoría, se había ganado el respeto de sus colegas. Sin embargo los grandes equipos no se habían fijado en él. Ni siquiera cuando ganó, en 1975, “la carrera de los campeones”, una competencia sin puntos para el campeonato.  En Brasil estaba segundo pero un desperfecto, a poco del final, lo privó del podio.  Su abandono permitió que su compañero de equipo, el novato Renzo Zorzi, consiguiera su primer punto.

Para esta carrera, la escudería presentaba cambios importantes: Desde lo estructural, reformas en la aerodinamia, pero a simple vista, lo que llamó la atención fue que Shadow dejó atrás el color negro, tan característico en sus autos, por el blanco con vivos celestes y grises.

¿Por qué Pryce era el ídolo de este cumpleañero? Ninguna lógica llevó a encontrar esa respuesta. Lo cierto es que el oriundo de Ruthin, hijo de un militar y una enfermera y único hijo por la muerte de su hermano mayor, despertaba la admiración del niño. Es más, se ilusionó con una jornada de lluvia en Kyalami ( a 25 km de Johannesburgo), para que el galés pudiera sacar a relucir sus condiciones conductivas.  Años después, un gran piloto que sobresalió en lo mojado, contó que se inspiró en el manejo de Tom. Nada más y nada menos que un tal Ayrton Senna. Ya en los ensayos previos, con esa condición climática, había marcado los mejores registros. Pero no llovió.
Dos carreras se largaron simultáneamente, pero en diferentes geografías. En Sudáfrica Lauda empezaba a dejar atrás los fantasmas del accidente en Alemania que lo había dejado al borde de la muerte 9 meses atrás.. Claro que la tarea no era sencilla, ya que Hunt mostraba las credenciales de campeón. Scheckter, en su tierra, demostraba que lo de Argentina no había sido casualidad. El francés Depailler sorprendía con las 6 ruedas de su Tyrrell, una innovación en la categoría que no perduraría en el tiempo. La lucha se hacía encarnizada.

En el sur de la Provincia de Buenos Aires y con los tanques llenos de propulsión manual, el panorama era bien diferente: Mandaba Pryce quien más allá de alguna complicación con la guía de la puerta corrediza del empalme cocina-comedor, sacaba  gran ventaja sobre sus competidores. Nada parecía detener su victoria salvo que se cruzara con alguna pierna impertinente de algún habitante de la casa.  Sentía que era un cumpleaños feliz.

La vuelta 22, en Kyalami, iba a ser determinante para el futuro de las carreras. Un giro antes se había detenido Renzo Zorzi, compañero del galés. Una detención sin mayores complicaciones. Repentinamente en la parte trasera del Shadow se vieron lenguas de fuego. Los bomberos se alistaron para sofocar ese principio de incendio. Al mismo tiempo encaraban la recta aquellos que venían en la mitad del pelotón: Stuck, Pryce y Lafitte. Un oficial de pista cruzó, el otro, Jansen Von Vuuren de 17 años, tomó el matafuegos , que pesaba 12kg aproximadamente y se demoró unos segundos. Al querer atravesar el asfalto el alemán Stuck lo esquivó de casualidad (“solo torcí el volante y recé”, confesó ) pero imposibilitado en su visión por la succión del coche que lo precedía, Pryce no pudo evitarlo. El bombero voló y el matafuegos impactó en la cabeza del piloto. La muerte fue instantánea ya que el golpe, entre fuerza y velocidad, prácticamente decapitó al galés. El Shadow siguió descontrolado y fue embestido por el Ligier de Laffite. El francés bajó del auto enceguecido por su enojo y cuando intentó un reproche quedó espantado por lo que vió. Otro tanto ocurrió con la suerte del bombero, a tal punto que el jefe de seguridad tuvo que citar a todos los oficiales del circuito para poder identificar quien era el que faltaba. Insólito, absurdo, inexplicable…
En Quilmes la carrera se detuvo sin necesidad de que ingresara el pace car. Los ojos petrificados en la tv blanco y negro y los oídos en  “Carburando”. Hugo, el papá del niño, tenía la costumbre, tanto con el fútbol como con el automovilismo, de bajar el volumen de la tele y poner radio Rivadavia.

La voz de Gonzalez Rouco quedó grabada para siempre “El cable frío llega con esa noticia que nunca queremos dar: Ha muerto Tom Pryce”.

En Kyalami la carrera, inexplicablemente, siguió. Finalmente Lauda consiguió su primer triunfo luego de su accidente  (“Hay dos muertos, no tengo nada para festejar”). Jody Scheckter continuó en la cima del torneo. Patrick Depailler llevó al podio al Tyrrell de raro diseño y muchas   ruedas. El irlandés John Watson consiguió su primer record de vuelta. Don Nichols, dueño de Shadow, se comunicaría, a la brevedad con Alan Jones para que se subiera al auto desde la próxima competencia. Meses más tarde, el australiano conseguiría el primer triunfo en su exitosa carrera con el bólido que había comenzado la temporada con Tom Pryce al volante.

Con mayor criterio, en Buenos Aires no hubo más carrera. Solo trabajo para mamá Angela, quien, escoba en mano, tuvo que limpiar algunos pedacitos de plástico que se habían quedado debajo de un mueble producto del choque de quien venía puntero.

Hoy se recuerda al 5 de marzo de 1977 como el día que se produjo el accidente más absurdo en la historia de la F1.

 

(por Adrián Finola)

 



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